jueves, 13 de marzo de 2008

Sexo, pero sin compromiso ¿eh?

Jueves.

La semana se me ha hecho eterna. Sin provecho. Trato de recordar algo relevante del lunes y no encuentro nada…

Así que mejor me aferraré a los recuerdos

(cachondos eroticos placenteros)

del martes.

El lunes tuve un sueño que en otras circunstancias habría sido satisfactorio. Pero a estas alturas, no pudo ser otra cosa que escalofriante: yo, fornicando con mi novio J.T. ¡Incluso intentábamos nuevas poses!... para quien haya leído el primer post, diré que él es el hombre no circundado.

Ambos estábamos entusiasmados, excitados… y me vine. Si hay clasificaciones de orgasmos, diría que aquél fue muy malo: apenas sentí que iba a venir (me), lo perdí. Bueno, no lo perdí, lo experimenté, pero fue poco intenso.

El martes, en el camión rumbo a la casa de G.M., recordé tal experiencia terrorífica… y lo que pasó a continuación, hizo que la olvidara por completo.

A las 8 a.m. estaba puntualísimo G.M. en la puerta de mi casa. Y cómo no, quedamos el día anterior de ir a su casa a tomar un café…

Pero pongámosle el nombre que le pongamos (Oye, por qué no vienes a mi casa a ver una película/tomar un café/para que me ayudes a regar las plantas/para que me digas si mis nuevos pantalones me quedan bien), siempre terminamos pues… poniéndole.

Qué raro. Nunca se me había ocurrido que yo “le ponía” con alguien. Es decir, sí, fornico, hago el amor, tengo sexo, relaciones sexuales, cojo… pero ¿ponerle? No lo había pensado.

Chingadera, su perrito, nos recibió emocionado y no pude evitar darle un par de palmaditas al can en la cabeza. Ya dentro de la casa, no pensaba en el perrito, sino que él me cogiera de perrito.

Antes incluso del toqueteo preliminar, me lavé las manos. Conociendo mis manías, él también se las lavó. La cortina de la regadera

(estaba corrida, yo no, pero pronto lo estaría)

opacaba la poca luz que entraba por la ventanita del baño. Yo estaba con las nalgas y manos contra el lavabo, mientras él se inclinaba hacia mí, oliendo y tocando mi cabello, con los ojos cerrados. Yo también los cerré. Sentí sus manos en mi rostro, en mi cuello, en mis senos, en mi estómago. Bajaban, bajaban… pero el desgraciado me hizo sufrir un poco y hasta ahí llegó.

- Qué indecente eres ¿quieres hacerlo en el baño? – fingió regañarme

No sé qué cosa le contesté. Puedo recordar la calentura que sentía, la humedad que no me molestaba, más bien me excitaba. Puedo recordar que tenía los pezones erectos y que mis pies estaban desnudos, que deseaba besarlo de la forma más cochina posible y hacerle sexo oral brutalmente… pero no puedo recordar qué le contesté. Debió ser algo poco ingenioso, de todas formas.

Fuímos a su cuarto y con un empujón lo senté en la cama. Me puse entre sus piernas, de pie, y lo besé en realidad menos puercamente de lo que me imaginé… al principio. Tras unos segundos le estaba mordiendo el cuello no tan suavemente

(sadomasoquistas oh si)

mientras él me apretaba las nalgas con ambas manos. Cuando le empecé a mordisquear el lóbulo izquierdo, noté su erección contra mi muslo y mi excitación aumentó. Quería que me penetrara de inmediato, así, con todo y ropa, solo con los pantalones abajo

(suyos y míos. Su ropa interior también abajo y yo con una diminuta tanga de pingüinitos esquiando puesta)

para luego sentir cómo se venía sobre mi espalda… pero me controlé: no teníamos prisa. Así que me subí en él, todavía con ropa y comencé a besarlo mientras le tocaba el pene

(¿es pecado estar húmeda en el trabajo? Si es así, en cuanto termine mi turno, seguro iré al infierno)

Él no se aguantó mucho y me quitó la blusa, aventándola a cualquier parte. Se confesó encantado por mis senos y los tocó, metiendo las manos en las copas, pellizcándome los pezones mientras yo me movía sobre su miembro. Me atrajo hacia él y me chupó los pezones, gracias a lo cual casi pierdo la cordura.

Tomándolo de los hombros, rodé para que cayera sobre mí que ya tenía las piernas abiertas. Me quitó el sostén, abrió mi cinturón y me sacó los pantalones de un tirón, autoritario, lo cual me excitó aún más. Solo me quedé con la tanga. Me incorporé para bajarle los pantalones y… comer algo. Estaba verdaderamente hambrienta. Él no gemía: solo me veía hacer, hipnotizado y con una mano sobre mi cabeza

(antes eso me molestaba, pero ahora me agrada)

Detuvo la situación, suavemente, para acostarme sobre la cama. Pero me negué rotundamente y más bien yo lo acosté y luego me puse sobre él, acercando su pene a la entrada de mi vagina, jugando. Él ya estaba más que caliente, se moría por penetrarme… así que lo torturé otro ratito más y luego entró en mí.

Quedamos paralizados un momento, extasiados, pensando que podríamos pasar una eternidad así

(yo lanzo un gemido de placer)

… y luego nos contradecimos y comenzamos a movernos

(ha venido un cliente a pagarme una deuda, yo, totalmente idiotizada por mi propio relato, amén de la humedad entre mis piernas, no supe qué hacer con el dinero que me entregaba, hasta que recordé que tenía que darle su cambio y atender otras peticiones que me hacía)

Le digo que se quede quieto, mientras yo subo y bajo por todo su miembro, primero despacito… después aumentando la velocidad hasta que se vuelve algo casi violento. Él me marca el ritmo, con sus manos en mi trasero. No se aguanta y ocasionalmente me da nalgadas.. lo cual me encanta.

Me incorporo totalmente y cierro los ojos. Respiro más fuerte, exclamo “Oh” más fuerte. En poco tiempo siento llegar un orgasmo, tranquilo, potente

(muy distinto al del sueño)

Y él también lo siente. Cuando abro los ojos, él me mira sonriendo lascivamente y antes de que pueda reaccionar me derriba hacia la cama y comienza a lamerme el clítoris, con dos dedos en la vagina. No puedo aguantar mucho y me vengo otra vez. Él lo vuelve a sentir y sin darme las buenas tardes me levanta las piernas por los tobillos para ponérselas sobre el hombro derecho y penetrarme. Lo que siento es exquisito y sé que lo excitaré si me toco los senos, el estómago, la cara, y eso hago.

Me dice que le encanta mirarme, que le encanto yo y que le encanta penetrarme. Yo le digo que sí, que siga así, que no pare, ooohh (que si para lo mato) y luego correspondo con otro orgasmo. Dice que se va a venir y yo le digo que quiero su semen sobre mi torso. Veo ponérsele la carne de gallina y cerrar los ojos. Él cumple y sacude su miembro hasta la última gota de semen. Pienso en chupar los restos que quedarían en la uretra… pero el recuerdo del sabor del semen me hace desistir.

Tras quitarme de forma torpe el semen con papel higiénico se tiende a un lado y nos miramos por un largo rato.

Creo que es el único exnovio con el que me llevaré tan tan tan bien tras terminar.

Nos entendemos excelentemente bien la cama, que es una lástima que lo nuestro sea irrecuperable.

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